Quizás sea esta la gran pregunta de nuestra existencia. Pregúntate, venga, ¡hazlo!: ¿Por qué?, repito, ¿Por qué? No sé la respuesta, dudo. Muchos otros se dirán a ellos mismos: ¿Por qué qué?, yo insisto: ¿Por qué?
Sigo pensando, tiene que haber una respuesta, siempre la hay. ¡Espera! ¿Siempre hay una respuesta?
Ahora tengo dos cuestiones. Empiezo a atisbar la respuesta de la segunda. Cada vez la veo con más claridad. ¡No!, no siempre hay una respuesta. He ahí la grandeza del ser humano, la virtud que tiene cada uno de nosotros de no poseer las respuestas de todo. ¡Bendita virtud! ¿Bendita? Sí, Bendita VIRTUD. Gracias al hecho de no tener respuestas a todo, nace lo más bonito de nuestra naturaleza, la FE. ¿Qué mejor que la fe que tiene una persona en otra? ¿Existiría el amor sin fe? Pues mira, esa respuesta sí me la sé: ¡NO!
Una vez resuelta la segunda pregunta me vuelvo a decir: ¿Por qué? Me respondo: no lo sé, no lo sé y me alegro de ello; eso sí, ahora pregúntate: ¿Por qué no?